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Salud Mental y Vida Laboral

Cuando el trabajo ocupa el lugar de la vida: una reflexión sobre el agotamiento laboral

29 de julio de 2026
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Terapsy Clinic

Psicólogo profesional

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El agotamiento laboral se ha convertido en uno de los principales malestares de nuestra época. Más allá del exceso de trabajo, este fenómeno refleja una transformación en la manera en que las personas se relacionan con la productividad, la autoexigencia y el éxito. Este artículo explora cómo la hiperconectividad, la presión por el rendimiento y la dificultad para establecer límites impactan la salud mental y analiza las señales tempranas del agotamiento.

Hubo un tiempo en el que el trabajo ocupaba un lugar delimitado dentro de la vida cotidiana. La jornada tenía un comienzo y un final relativamente claros; el regreso a casa marcaba una frontera entre las responsabilidades laborales y el espacio de la intimidad. Aunque el trabajo nunca estuvo exento de conflictos, era posible distinguir, al menos simbólicamente, el tiempo dedicado a producir del tiempo destinado al descanso, a los vínculos afectivos o al ocio. Hoy esa frontera parece haberse vuelto cada vez más difusa. La expansión de las tecnologías digitales, la conectividad permanente y las nuevas formas de organización laboral han transformado profundamente nuestra relación con el trabajo. Los correos electrónicos llegan fuera del horario laboral, las reuniones virtuales invaden espacios antes reservados a la vida privada y la posibilidad de estar siempre disponibles termina convirtiéndose, casi imperceptiblemente, en una exigencia. El resultado es una paradoja característica de nuestra época: nunca habíamos contado con tantas herramientas para ahorrar tiempo y, sin embargo, cada vez son más las personas que sienten que nunca tienen suficiente. No se trata únicamente de un incremento en las cargas laborales. Lo que ha cambiado es la forma en que el sujeto se vincula con el trabajo y con las exigencias que este representa. Si en otros momentos históricos la presión provenía principalmente de figuras externas —el jefe, la institución o la disciplina—, hoy gran parte de esa exigencia ha sido interiorizada. Como advierte el filósofo Byung-Chul Han, vivimos en una sociedad del rendimiento en la que el individuo ya no necesita ser vigilado para producir; se convierte él mismo en el principal agente de su autoexigencia. El imperativo ya no es "debes trabajar", sino "puedes lograr más", una consigna aparentemente liberadora que, paradójicamente, conduce a formas cada vez más sofisticadas de agotamiento. Desde esta perspectiva, el llamado *burnout* no puede entenderse únicamente como un trastorno individual ni como el resultado de una incapacidad para gestionar el estrés. Reducirlo a un problema de organización del tiempo o de resiliencia personal implica desconocer la compleja trama de factores sociales, laborales y subjetivos que participan en su aparición. El agotamiento laboral constituye, más bien, un síntoma de nuestra época: expresa la manera en que determinadas formas de organización del trabajo, ciertos ideales culturales y la historia singular de cada sujeto terminan encontrándose en un mismo punto de sufrimiento. El psicoanálisis ofrece una perspectiva particularmente valiosa para pensar este fenómeno porque parte de una premisa fundamental: el malestar nunca se reduce a aquello que ocurre en el exterior. Las condiciones laborales son importantes y pueden resultar profundamente nocivas, pero la forma en que cada persona responde a ellas también está atravesada por su historia, sus identificaciones, sus ideales y la manera particular en que busca responder al deseo del Otro. Dos personas pueden desempeñar el mismo cargo bajo condiciones similares y, sin embargo, experimentar ese trabajo de maneras radicalmente distintas. Allí donde una encuentra reconocimiento y realización, otra puede vivir una experiencia marcada por la angustia, la culpa o la sensación permanente de no estar a la altura. Por esta razón, el agotamiento no suele aparecer de manera abrupta. Se instala progresivamente, casi siempre de forma silenciosa. Al principio puede manifestarse como una mayor dificultad para descansar, una sensación persistente de cansancio o la impresión de que cualquier esfuerzo resulta insuficiente. Más adelante comienzan a aparecer la irritabilidad, el insomnio, la pérdida del interés por actividades que antes generaban placer y la imposibilidad de desconectarse mentalmente del trabajo. En muchos casos, el cuerpo comienza a expresar aquello que el sujeto todavía no logra simbolizar: cefaleas recurrentes, contracturas musculares, alteraciones gastrointestinales o una fatiga que ningún fin de semana consigue aliviar. Estas manifestaciones no constituyen simplemente una respuesta biológica al exceso de trabajo. También pueden leerse como la forma en que el cuerpo señala que algo del equilibrio subjetivo ha comenzado a resquebrajarse. Desde esta perspectiva, el cuerpo no solo enferma por exceso de actividad; también habla cuando el sujeto ha quedado atrapado en una lógica donde el hacer ha desplazado casi por completo al deseo. Y quizá una de las consecuencias más preocupantes del agotamiento laboral sea precisamente esa: el progresivo apagamiento del deseo. Entonces el trabajo deja de constituir un espacio de creación, de intercambio o de realización personal para convertirse en una obligación mecánica cuyo único propósito parece ser sostener una maquinaria que nunca se detiene, mientras la persona continúa cumpliendo con sus responsabilidades, pero ya no encuentra en ellas ningún sentido. Trabaja porque debe hacerlo, no porque algo de su deseo encuentre allí una posibilidad de expresión.

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