Relaciones
Mascotas y soledad contemporánea: ¿por qué los animales ocupan cada vez más lugar en nuestras vidas?
10 de julio de 2026
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Steven Cardona
Psicólogo profesional
La creciente importancia de las mascotas en la vida cotidiana plantea preguntas sobre la manera en que habitamos la soledad y construimos vínculos en la contemporaneidad. Aunque la convivencia entre seres humanos y animales existe desde hace miles de años, hoy estos ocupan un lugar distinto: ya no son únicamente compañeros domésticos, sino miembros de la familia y destinatarios privilegiados del afecto.
La paradoja de nuestro tiempo es evidente: nunca habíamos estado tan conectados y, al mismo tiempo, pocas veces la soledad había ocupado un lugar tan central en la experiencia subjetiva. Las redes sociales nos permiten conversar instantáneamente con personas al otro lado del mundo, compartir fragmentos de nuestra vida cotidiana y permanecer disponibles de manera casi permanente. Sin embargo, junto con esta expansión de las posibilidades de comunicación, aumentan también los sentimientos de aislamiento, desconexión y dificultad para construir vínculos duraderos.
En medio de este escenario emerge un fenómeno llamativo: el lugar cada vez más importante que ocupan las mascotas en la vida de muchas personas.
Los animales de compañía han dejado de ser únicamente animales domésticos. Para muchos se han convertido en miembros de la familia, compañeros cotidianos, destinatarios privilegiados del afecto e, incluso, en sustitutos de vínculos que antes estaban representados por parejas, hijos o comunidades más amplias.
No obstante, conviene precisar que la presencia de animales en la vida humana no constituye un fenómeno nuevo. Desde hace miles de años, los seres humanos han convivido con distintas especies, inicialmente por razones de supervivencia y, más tarde, también por motivos afectivos. Perros, gatos, caballos y otros animales han acompañado la historia de las civilizaciones como auxiliares en la caza, el transporte, la protección y el trabajo. Incluso en la antigüedad encontramos testimonios de apego y afecto hacia los animales, así como representaciones simbólicas que les otorgaban un lugar privilegiado en la vida social y religiosa.
Por lo tanto, la novedad no reside en el hecho de tener mascotas. Lo que parece haber cambiado es la función subjetiva y cultural que estas desempeñan. Hoy es cada vez más frecuente que sean concebidas como integrantes de la familia, hijos sustitutos o receptores privilegiados de inversiones afectivas que, en otras épocas, se distribuían de manera diferente entre los vínculos sociales.
La pregunta, entonces, quizás no sea por qué amamos a los animales, pues la historia demuestra que siempre lo hemos hecho de una u otra manera. El verdadero interrogante es por qué, en una época caracterizada por la hiperconectividad digital, la fragilidad de los lazos comunitarios y el incremento de las experiencias de soledad, las mascotas parecen ocupar un lugar cada vez más central en la economía afectiva de los sujetos.
En el malestar en la cultura, Freud sostenía que una parte importante del sufrimiento humano surge precisamente de la relación con los otros. Los seres humanos se necesitan mutuamente para vivir, amar y construir cultura; pero, al mismo tiempo, son fuente de decepción, rivalidad, agresividad y conflicto. El otro nunca es completamente predecible. Desea cosas distintas de las nuestras, puede abandonarnos, rechazarnos o confrontarnos. Amar implica, inevitablemente, exponerse a la pérdida y a la frustración.
Un perro o un gato también pueden generar dificultades. Sin embargo, la relación que mantenemos con ellos suele estar menos atravesada por las complejidades simbólicas propias de los vínculos humanos. No cuestionan nuestras decisiones, no exigen negociaciones permanentes sobre proyectos de vida ni ponen en juego las mismas tensiones narcisistas que aparecen en una pareja, una amistad o una relación familiar.
Ofrecen algo que, en una época de incertidumbre, parece especialmente valioso: una presencia relativamente estable, predecible y disponible.
Desde otra perspectiva, la cuestión puede formularse de un modo diferente. Una de las tesis más conocidas de Lacan sostiene que «no hay relación sexual». Con ello no pretendía afirmar que las personas no se relacionen, sino señalar que no existe una complementariedad perfecta entre los sujetos. Siempre hay un desencuentro estructural: el otro nunca responde exactamente a lo que esperamos de él. Por eso, toda relación humana está atravesada por una falta imposible de colmar.
Cabe preguntarse, entonces, si parte del atractivo contemporáneo de las mascotas radica precisamente en que parecen ofrecer un vínculo menos confrontado con esa imposibilidad. No porque eliminen la falta, sino porque permiten una modalidad de relación en la que las exigencias de la alteridad aparecen atenuadas.
Las mascotas acompañan sin demandar del mismo modo que un semejante. Están presentes sin confrontar constantemente al sujeto con las contradicciones de su deseo.
Diversos autores han descrito nuestra época como la del «Otro que no existe». Las grandes referencias simbólicas que organizaban la vida colectiva —la religión, las tradiciones, las instituciones y las figuras de autoridad— han perdido parte de su capacidad para orientar la experiencia subjetiva. Cada vez más, los individuos se encuentran solos frente a la tarea de construir el sentido de su existencia.
En este contexto proliferan nuevas formas de goce, nuevos objetos y nuevas modalidades de satisfacción destinadas a responder a esa soledad estructural.
Quizá las mascotas formen parte de este fenómeno. No porque sustituyan por completo a los vínculos humanos, sino porque ofrecen una respuesta singular al malestar de una época marcada por la fragilidad de los lazos sociales.
Tal vez el crecimiento del lugar que ocupan los animales de compañía no sea simplemente una moda ni una consecuencia natural del afecto hacia ellos. Tal vez exprese algo más profundo acerca de nuestra dificultad para habitar la soledad y sostener vínculos con otros sujetos; es decir, con otros que desean, demandan, decepcionan y nunca terminan de coincidir con nosotros.
Esto no significa que quien tiene una mascota esté evitando necesariamente el encuentro con los demás. Sería una simplificación injusta y clínicamente insostenible. Más bien, se trata de preguntarnos por qué, en una época atravesada por la incertidumbre de los vínculos, resultan tan valiosas aquellas formas de compañía que parecen exigir menos de nosotros y confrontarnos menos con la alteridad.
Porque, después de todo, el problema fundamental no es la ausencia de conexiones. Nunca habíamos estado tan conectados. La pregunta decisiva es qué hacemos para que esa conexión permanente no obstaculice nuestra capacidad de encontrarnos verdaderamente con los otros.