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Relaciones

¿Qué hace de alguien una madre?

19 de junio de 2026
5 min de lectura
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S

Steven Cardona

Psicólogo profesional

Artículo: ¿Qué hace de alguien una madre? - ¿Qué hace realmente a una madre? La maternidad no se reduce al hecho biológico de parir. La función

¿Qué hace realmente a una madre? La maternidad no se reduce al hecho biológico de parir. La función materna implica alojar al hijo como sujeto de deseo, reconociendo la propia falta y permitiendo que el niño exista como alguien distinto de ella.

El otro día, a partir de una noticia inquietante, me quede pensando en la pregunta ¿Que hace de alguien ser una madre?, y quisiera intentar formular la diferencia entre la maternidad como hecho biológico y la función materna como operación subjetiva. De entrada, aparece ya una distinción profunda entre una y otra: parir no basta para hacer de alguien una madre. La función materna no se deduce automáticamente de la biología, sino de una posición subjetiva frente al deseo, la falta y el otro. En Freud aparece tempranamente la idea de que el vínculo madre-hijo nunca es “natural” en un sentido puramente instintivo. El ser humano nace en estado de desamparo (Hilflosigkeit), necesitado de un Otro que no solo satisfaga necesidades biológicas, sino que también traduzca, interprete y simbolice sus demandas. El bebé no sobrevive únicamente porque alguien lo alimenta, sino porque alguien lo introduce en el campo del lenguaje y del deseo. Lacan radicaliza esta idea: la madre no es simplemente quien cuida, sino quien desea. Pero precisamente por eso, la cuestión no radica en que la madre ame infinitamente al niño, sino en que no lo reduzca a objeto de goce. Una madre suficientemente simbólica es aquella capaz de alojar al niño como sujeto, y no como cosa de su propiedad ni como instrumento destinado a completar su falta. Ahora bien, la frase “madre es quien, desde su falta, aloja al otro” resulta especialmente potente porque toca el núcleo de la lógica lacaniana. Solo quien reconoce su propia castración —es decir, que no está completo y que no puede colmarse totalmente— puede permitir la existencia del otro como alteridad. Cuando la falta no es tolerada, el otro corre el riesgo de ser tratado como objeto de consumo, extensión narcisista o mercancía. Es allí donde aparece la dimensión inquietante de ciertos crímenes cometidos contra niños por parte de sus propios progenitores. Más que apresurarse a preguntar si se trata de una estructura perversa o psicótica, el psicoanálisis intentaría interrogar la posición subjetiva que está en juego. En la perversión, clásicamente, el sujeto intenta desmentir la castración (Verleugnung). El otro puede quedar reducido a objeto de goce dentro de una escena en la que la ley es manipulada, burlada o instrumentalizada. El perverso no desconoce la ley: juega con ella, la desafía y la utiliza en función de su goce. Existe allí una relación particular tanto con el goce como con el uso del otro como objeto. En la psicosis, en cambio, el problema no pasa por la desmentida, sino por la forclusión del Nombre-del-Padre. Algo del orden simbólico que regula la relación con el deseo y la ley no opera de la misma manera. Por eso pueden aparecer fenómenos en los que el límite entre el sujeto y el otro queda profundamente alterado. Sin embargo, no todo acto aberrante implica necesariamente una psicosis, así como tampoco toda crueldad extrema constituye una perversión estructural en sentido clínico. De hecho, Lacan era particularmente prudente respecto a diagnosticar estructuras únicamente a partir de actos moralmente horrorosos. El horror social no equivale automáticamente a perversión clínica. Existen sujetos neuróticos capaces de actos devastadores, sujetos psicóticos que jamás dañan a nadie y sujetos perversos perfectamente adaptados al lazo social. Lo que sí puede pensarse en escenas como estas es una caída radical de la función materna. El niño deja entonces de estar ubicado como sujeto deseado y protegido dentro de una red simbólica para pasar a ocupar el lugar de objeto de goce, de intercambio o de explotación. Ya no aparece como alguien a quien se le dona un deseo, sino como algo utilizable. Y quizá allí convenga desarrollar más la idea de “donar el deseo”. Porque no se trata de que una madre deba sacrificarse completamente por el hijo. Lacan incluso advertía sobre el estrago materno cuando el niño queda atrapado en el lugar de ser “todo” para la madre. La función materna implica desear al hijo, sí, pero también desear más allá de él; permitir que el niño no quede fijado como aquello destinado a obturar la falta materna. Por eso una madre no es simplemente quien ama, sino quien puede introducir una separación. Quien sostiene cuidados, palabras y presencia, pero que al mismo tiempo permite que el niño exista como un sujeto distinto de ella. Podría formularse así, desde Lacan: Una madre adviene verdaderamente como madre no por haber engendrado un cuerpo, sino por consentir a no apropiarse totalmente de él. Y también: La función materna comienza allí donde el niño deja de ser objeto de satisfacción del Otro y puede convertirse en sujeto de deseo. En el fondo, este tipo de actos confronta al lazo social con algo profundamente traumático: muestran qué ocurre cuando el semejante deja de ser reconocido como sujeto. Por eso producen horror. Porque tocan el límite mismo de lo humano y de la función simbólica que debería resguardar la vulnerabilidad infantil. Quizá por eso también valga la pena preguntarse qué es realmente una madre. Porque madre no es simplemente quien posee la capacidad biológica de parir. La maternidad no puede pensarse como una condición meramente biológica o moral, sino como una posición subjetiva frente a la falta, el deseo y el lugar que se le concede al otro. Es decir, madre es quien puede alojar a un hijo como sujeto, y no reducirlo a objeto de uso, de goce o de satisfacción propia.

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